
El origen de mi pasión por la obra de
Charles Dickens (1812-1870) es de lo más inusual: cautivado por la divertidísima versión del célebre
Cuento de Navidad a cargo de los
Teleñecos (con el inigualable
Michael Caine como un impagable
Scrooge y
¡El Gran Gonzo! en el papel del propio
Dickens), me hice con un ejemplar de
Oliver Twist, me lo leí... y de ahi a
Los papeles póstumos del Club Pickwick (ambas compradas de oferta, por cierto...)... y hasta hoy, leyendo y releyendo. Admirado por escritores de todo tipo (desde
John Irving hasta
Stephen King, pasando por
Chesterton,
Nabokov o
Calvino), fue en vida una verdadera estrella, un infatigable tejedor de novelas, originalmente publicadas por entregas en diferentes revistas de la época (muchas de ellas creadas por el propio Dickens), además de infinidad de relatos y artículos de temáticas de lo más variado.
Entre las obras de Dickens se cuentan las dos mencionadas anteriormente, y otras muchas como
Nicholas Nickleby,
Almacén de antigüedades,
Barnaby Rudge,
David Copperfield,
Casa desolada,
Tiempos difíciles,
La pequeña Dorrit,
Historia de dos ciudades,
Grandes esperanzas,
Nuestro común amigo... ¿Mis favoritas? Difícil elección, dado que he disfrutado mucho con todas y cada una de ellas. Pero en fin, si tengo que recomendarle a alguien que no ha leído nada de Dickens un buen libro para empezar, le sugeriría
Los papeles póstumos del Club Pickwick, enorme novela (más de 1.000 páginas) como ejemplo perfecto de lo que puede encontrarse en una obra del popular escritor. Y después, le sugeriría que se lanzase a por
David Copperfield y disfrutase de todo ello, refinado y destilado al máximo en la que el consenso suele calificar como la novela más lograda de Dickens. Y después... pues a por las demás, naturalmente.
Marchando una poco autorizada serie de aspectos a considerar en la obra de Dickens:
-la bondad, la honestidad, la sinceridad y la rectitud moral entendida desde el humanismo cristiano (no desde la fe católica o de otro tipo) son las virtudes de los "buenos" en Dickens. El ejemplo emblemático es el desdichado huérfano protagonista de
Oliver Twist, cuya inocencia y buena voluntad no se verán afectadas por los estallidos de violencia, desdicha, crueldad y manipulación a los que se verá expuesto desde la más temprana edad; pero casos similares se encuentran en
David Copperfield, por ejemplo, o con el bonachón de
Joe en
Grandes Esperanzas. Incluso personajes que empiezan en el bando equivocado encuentran su redención a través del bien: por ejemplo, la desdichada
Nancy, en
Oliver Twist.
-por el contrario, la mezquindad y el egoísmo acaban siempre teniendo su justo castigo, como ejemplifica el caso del diabólico judío
Fagin y su brutal secuaz
Sykes en
Oliver Twist, o el destino de
Steerforth en
David Copperfield. Elemento éste (y el anterior) propio del tipo de público al cual Dickens se dirigía, que devoraba las entregas de sus obras con avidez y que siempre pedía más: el pueblo humilde. Otro elemento que formaba parte de la opinión popular de la época (y de otras), el recelo hacia los judíos, también aparece en la obra de Dickens. El ejemplo más claro: el ya mencionado
Fagin (avaro, repugnante, maquinador, falso y astuto, Fagin reúne además numerosos estereotipos asociados comunmente a una visión negativa de los judíos. Claro que, de ello, extrapolar un posible antisemitismo por parte del autor sería hacer una lectura un tanto interesada del personaje).
-el caracter folletinesco de sus relatos, siempre llenos de sorpresas, personajes muy buenos o muy malos, momentos truculentos e incluso a veces exagerademante sensibleros, y finales que dejaban "colgado" al lector, a la espera de la siguiente entrega. Curiosamente, pese a que en ocasiones el maestro se "liaba" con sus legiones de personajes, o se veía obligado por la estructura de relato por entregas a recordar eventos del capítulo anterior en el siguiente, la calidad y la fluidez de la lectura no se veía afectada. Pese a ello, hay quienes le achacan a Dickens un exceso de "verborrea" en sus largas descripciones: de hecho,
Robert Graves, autor de
Yo, Claudio, entre otras novelas, hizo el experimento de "aligerar"
David Copperfield de esas reiteraciones y excesos mencionados, dando lugar, segun él, a una versión mejor pulida y más equilibrada, sin "michelines" (aunque yo he leído el
Copperfield dos o tres veces -o más-, y no sabría qué quitar, sinceramente).
-una carga autobiográfica notable, en particular en sus primeras obras. El
Pickwick bebe de multitud de fuentes en su amplísimo catálogo de personajes, personajillos y argumentos enlazados (
Cervantes, por ejemplo, cuya obra Dickens admiraba), pero personajes como
Oliver Twist,
David Copperfield o
Nicholas Nickelby poseen gran cantidad de características relacionadas con la azarosa infancia del escritor.
-un desprecio extremo por las autoridades: no por la ley y el orden, pero sí por sus elementos humanos en general. Parlamentarios, funcionarios de todo tipo y, muy en particular, el vetusto y anquilosado estamento judicial británico de la época son blanco de los afiladísimos dardos del escritor en prácticamente todas sus obras. Por ejemplo,
Casa Desolada gira en torno a un interminable pleito judicial; los jerifaltes y prohombres de
Tiempos Difíciles se ven empequeñecidos moralmente por el abnegado
Blackpool o por los humildes artistas del circo ambulante; por no hablar de la parodia de juicio a la que se ve sometido el inocente
Oliver Twist. Innumerables jueces corruptos o simplemente ineptos se dan la mano con usureros y miserables en general en la nómina dickensiana de villanos.
-un cierto conservadurismo ante tendencias sociales emergentes, como el movimiento obrero (en
Tiempos Difíciles), principalmente centrado en sus aspectos de agitación y violencia callejera, que el autor siempre presenta desde un prisma negativo en sus argumentos. Asimismo, la transformación que supone para la vida y las ciudades (y
Londres en particular) la revolución industrial siempre es tratada por el maestro como algo negativo, nocivo, perjudicial: el trabajo infantil, la suciedad y la contaminación, el ruido, son constantes en los ambientes urbanos de sus novelas. Véase, por ejemplo, la estupenda descripción de la
Coketown (literalmente, "Ciudad Coque") de
Tiempos Difíciles, o sus retratos del Londres superpoblado, embarrado, sucio y vicioso de su época en diferentes obras. Dickens tampoco tiene problemas para ilustrar los perniciosos efectos del fanatismo religioso (en
Barnaby Rudge), o en pintar un relato descorazonador de los recién nacidos EE.UU. (en
Martin Chuzzlewit).
-un dominio colosal del lenguaje, de la ironía, de la descripción de paisajes y ambientes de la y caracterización de personajes, y de los mecanismos narrativos, para crear protagonistas, secundarios y antagonistas absolutamente inolvidables: el quijotesco y bondadoso
Pickwick y su "escudero",
Sam Weller; el insidioso
Uriah Heep, la bondadosa
Agnes, el impagable señor
Dick o el inefablemente inefable señor
Micawber y su familia, de
David Copperfield; el ya mencionado
Fagin,
Sykes y su repugnante perro, o el alguacil
Bumble de
Oliver Twist; los rimbombantes y vacuos
Bounderby y
Gradgrind de
Tiempos Difíciles; el joven
Pip y la señorita
Havisham, en
Grandes Esperanzas... la nómina de personajes es inagotable, siempre pintados de manera exagerada y maniquea (pero nunca burda), para lo bueno y para lo malo.
Desde el año pasado funciona en la ciudad inglesa de
Chatham un parque temático,
Dickens World, donde se reproducen los ambientes y se escenifican fragmentos de las obras más conocidas del novelista, amén de proporcionar la visitante numerosas oportunidades de gastar dinerillo en todo tipo de merchandising asociado, obviamente. Es solamente una de las muestras de la enorme importancia de la figura de
Charles Dickens en la literatura y la cultura anglosajona y mundial, como también dan cuenta de su talla literaria las innumerables adaptaciones teatrales y cinematográficas de sus obras. De hecho, el propio Dickens en vida obtenía pingües beneficios en inspiradas y multitudinarias lecturas públicas de fragmentos de su obra, que realizó a lo largo y ancho de su Inglaterra natal y también en otros países, en actos que siempre reunían grandes multitudes, atraídas tanto por la fama del maestro como por su gran talento oratorio (y además experimentaba así de primera mano la adoración de la gente que "devoraba" sus obras).
Sus restos descansan junto a
Shakespeare en el llamado
Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster... pero al contrario que
Marley, el socio del avaro
Scrooge en
Cuento de Navidad, quien, recordemos, "estaba más muerto que el clavo de una puerta",
Charles Dickens no está muerto, sino que vive para siempre a través de sus inolvidables novelas.