"You're going to need a bigger boat."
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domingo, 4 de agosto de 2013
Películas recién vistas: GUERRA MUNDIAL Z
Una película de catátrofes sigue un rígido esquema del cual nunca se aparta. Viene amparada por una amplísima campaña publicitaria, resulta entretenida aunque previsible, se beneficia de un reparto de caras sobradamente conocidas, y se dirige a un público amplio y variopinto, con lo cual cualquier experimento artístico o similar queda descartado.
Suelen ser filmes de ritmo vibrante, continuas sorpresas, y suelen terminar con respuestas sumamente sencillas a problemas terriblemente complejos (en este caso, una virulenta infestación zombi a escala mundial), que nacen de esa fascinación que tienen los yanquis con lo que podría llegar a pasarles. Por ello, habitualmente, fracasan miserablemente en transmitir la magnitud de la tragedia que representa la amenaza que relatan.
El género nació en los sesenta y setenta, con grandes clásicos como El coloso en llamas o La aventura del Poseidón, y ha producido peliculones como los mencionados, entretenidas aventuras sin más pretensiones (como Armageddon, Estallido…) o plúmbeos mamotretos (somníferos tostones como Deep Impact, 2012 o El día de mañana, o fascistadas como Independence Day o Pearl Harbor).
Ahora que ya estamos en contexto, esta Guerra Mundial Z escrita a cuatro manos por Drew Goddard, Damon Lindelof, Matthew Michael Carnahan y J. Michael Straczynski (nombres sobradamente conocidos) y producida y protagonizada por Brad Pitt, sigue las reglas del género a rajatabla. Eso sí, salvo detalles aislados, se aleja por completo de la estupenda novela de Max Brooks en la que se inspira lejanamente (la cual daría para una buena miniserie de TV, por ejemplo).
Marc Forster (Monster's Ball), director de carrera más que variopinta, lleva el film con buen pulso, con escasas bobadas, con escenas estupendas (como las que transcurren en Filadelia y Jerusalén) y otras algo menos logradas (el clímax en el laboratorio, previsible y demasiado alargado); con espectaculares enjambres de zombis que corren, gruñen y muerden con extrema ferocidad; con un Pitt convincente en el papel de héroe salvador y con agradables sorpresas como la presencia de actores como David Morse y Peter Capaldi en breves papeles… En pocas palabras, dos horas justas de entretenimiento puro que pasan volando y en las cuales nadie debería buscar lo que no hay.
En resumen: un film de catástrofes para disfrutar en pantalla grande.
martes, 21 de febrero de 2012
Películas recién vistas: MONEYBALL
La nómina de películas sobre béisbol, buenas y malas, ficticias o basadas en hechos reales, es tan larga que una más se antoja algo anodino… Y Moneyball parece "una más", hasta que nos acercamos un poco más, y nos fijamos en dos detalles: sus guionistas son Steven Zaillian y Aaron Sorkin, y su protagonista es Brad Pitt, uno de esos actores que sólo trabajan en lo que les interesa de verdad. Así, ¿puede que Moneyball no sea "solo" una película sobre béisbol, como The Damned United no era un film "solamente" sobre fútbol?
En efecto, ese es el caso. La película dirigida por Bennett Miller cuenta parte de la vida de Billy Beane, un personaje real: jugador frustrado y mánager de inesperado éxito, Beane llevó a su equipo a batir todos los récords de victorias en la historia de su deporte con inéditos métodos de selección de fichajes, condicionados por un presupuesto tan exiguo que rozaba lo ridículo, y con la ayuda de un sorprendente asistente: un bisoño graduado en económicas por Yale (Johah Hill).
Pese a que los métodos de Billy funcionan, sólo un equipo con más dinero conseguirá ganar, aplicando esas ideas, el título que los Athletics de Oakland de Billy siempre rozan con la punta de los dedos pero nunca consiguen agarrar. ¿Qué importa, ganar, o jugar como tú crees que hay que jugar, aceptando todo lo que eso conlleva? En el caso de Billy, la respuesta está clara. El film se convierte así en una metáfora universal de la relación entre el dinero y el deporte profesional (de ahí el título del film) y, por extensión, la vida en general.
En efecto, ese es el caso. La película dirigida por Bennett Miller cuenta parte de la vida de Billy Beane, un personaje real: jugador frustrado y mánager de inesperado éxito, Beane llevó a su equipo a batir todos los récords de victorias en la historia de su deporte con inéditos métodos de selección de fichajes, condicionados por un presupuesto tan exiguo que rozaba lo ridículo, y con la ayuda de un sorprendente asistente: un bisoño graduado en económicas por Yale (Johah Hill).
Pese a que los métodos de Billy funcionan, sólo un equipo con más dinero conseguirá ganar, aplicando esas ideas, el título que los Athletics de Oakland de Billy siempre rozan con la punta de los dedos pero nunca consiguen agarrar. ¿Qué importa, ganar, o jugar como tú crees que hay que jugar, aceptando todo lo que eso conlleva? En el caso de Billy, la respuesta está clara. El film se convierte así en una metáfora universal de la relación entre el dinero y el deporte profesional (de ahí el título del film) y, por extensión, la vida en general.
Por obra y gracia de un buen guión y una adecuada realización, Moneyball trasciende lo meramente deportivo (por fortuna, dado que los misterios del béisbol son un libro cerrado para muchos de nosotros, seres humanos de fuera de Estados Unidos) y no cae en el tópico mensaje de superación en plan "los patatas ganan el campeonato" tantas veces visto, por ejemplo, recientemente, en la bienintencionada Invictus.
El retrato de Beane como un pionero solitario, obsesivo, cortante, difícil en el trato, condenado al ostracismo por apartarse de los caminos establecidos (algo tan habitual en el cine americano), huye de caminos trillados y de edulcorantes sentimentales. Evidentemente, buena parte de la culpa de lo bien que funciona el personaje y del atractivo del film la tiene la magnética presencia de Brad Pitt. Tanto el popular actor como el regordete Jonah Hill bordan sus papeles, bien secundados por caras conocidas como Philip Seymour Hoffman o Robin Wright en papeles secundarios.
En resumen: merece la pena, aunque el béisbol no te interese para nada (como sucede mi caso), y pese a que algunos críticos quizá exageran un poco...
martes, 4 de octubre de 2011
Películas recién vistas: EL ÁRBOL DE LA VIDA
Terrence Malick continúa siendo uno de los directores más sorprendentes, personales y a contracorriente del cine actual. Secretista, ferozmente independiente y maniático, Malick presenta ahora este nuevo film, El Árbol de la Vida, lleno de elementos autobiográficos e imágenes de inusual belleza: un acercamiento lírico y arriesgado a temas como la familia y la pérdida de la inocencia que provoca división de opiniones. Bobada pretenciosa o poesía inigualable. ¿No hay término medio? Una vez más, spoilers ahead...
Una vez vista, es indudable la capacidad de Malick de crear imágenes portentosas, impactantes, que ya estaba bien demostrada en sus films (recordemos, por ejemplo, la subyugante jungla de Guadalcanal en La delgada línea roja). En El Árbol de la Vida todo es luminoso (en algunos momentos, incluso demasiado), todo es hermoso. La película es una evocación de la propia niñez del director, en una casita de las afueras de un pueblecito de Texas en los años 50 (más o menos), en la cual su madre (estupenda Jessica Chastain) y su padre (Brad Pitt, bien sin más) representan dos maneras de entender el mundo, en muchos momentos opuestas. Los auténticos reyes de la función son los dos niños que dan vida a los hijos mayores de la familia, que se revelan como estupendos actores y dan verdadera vida a sus personajes, en particular Hunter McCracken, que interpreta a Jack, el hijo mayor.
De manera valiente y arriesgada, Malick complementa su narración con dos escenas, una de ellas al inicio del metraje, otra al final. La primera, aunque parezca mentira, es una recreación… del origen del mundo. Ahí es nada. La segunda, en la parte final del film, es el ensoñador reencuentro del hijo mayor, ya adulto (Sean Penn, con poco papel para hacer gran cosa), con su familia ya fallecida. Opino que funciona mucho mejor la segunda, más emocionante, más accesible, mejor enlazada con la historia y muy a tono con su lirismo extremo, que la primera, cuya arriesgada (o plomiza, escoge lo que prefieras) abstracción inicial se complementa con otras escenas (como la de los dinosaurios, por ejemplo) mucho menos conseguidas. Y, sinceramente, creo, si toda esa mencionada primera escena desapareciese del metraje, no se notaría la diferencia, excepto en el minutaje del film.
La ausencia de un argumento lineal, lo fragmentado de la trama, lo parco (la casi inexistencia, más bien) de los diálogos, el uso de las voces interiores, y los dos momentos mencionados (sobre todo el primero) son suficientes para que algunos (muchos, supongo) espectadores huyan como alma que lleva el diablo. Y al hacerlo, perderán la oportunidad de apreciar la hipnótica belleza de la mayoría de sus escenas, la apabullante y absorbente capacidad narrativa de Malick (esa manera de usar el silencio, sin ir más lejos) y a la interesante contraposición de dos formas de ver la vida que propone: bien expuesta en las diferencias entre padre y madre, y contada de manera realmente sublime.
Eso sí, hay que acercarse a ella sin prejuicios, y sabiendo a lo que se va. Es la única manera. Como sucede con otras películas "diferentes", si no te vas a meter en la película desde el principio, desde luego, mejor que no vayas a verla. Perderás el tiempo, y la vida es corta.
En conclusión: no te creerás que he escrito todo esto porque no me ha gustado nada, ¿verdad? Pese a que desde luego echo de menos saber algo más de esta familia O'Brien y algo menos de la historia del mundo, El Árbol de la Vida es, sin ninguna duda, una de las películas más interesantes y sugerentes del año. Te guste más o menos (en mi caso, mucho), o aunque no te guste nada de nada (cosa que sinceramente dudo), no dejarás de darle vueltas, días después de verla…
Yo te animaría a probar, aunque solo sea por curiosidad. Piensa en la próxima película que vayas a ver en el cine... ¿De verdad crees que después de verla, te apetecería verla otra vez?
Una vez vista, es indudable la capacidad de Malick de crear imágenes portentosas, impactantes, que ya estaba bien demostrada en sus films (recordemos, por ejemplo, la subyugante jungla de Guadalcanal en La delgada línea roja). En El Árbol de la Vida todo es luminoso (en algunos momentos, incluso demasiado), todo es hermoso. La película es una evocación de la propia niñez del director, en una casita de las afueras de un pueblecito de Texas en los años 50 (más o menos), en la cual su madre (estupenda Jessica Chastain) y su padre (Brad Pitt, bien sin más) representan dos maneras de entender el mundo, en muchos momentos opuestas. Los auténticos reyes de la función son los dos niños que dan vida a los hijos mayores de la familia, que se revelan como estupendos actores y dan verdadera vida a sus personajes, en particular Hunter McCracken, que interpreta a Jack, el hijo mayor.
De manera valiente y arriesgada, Malick complementa su narración con dos escenas, una de ellas al inicio del metraje, otra al final. La primera, aunque parezca mentira, es una recreación… del origen del mundo. Ahí es nada. La segunda, en la parte final del film, es el ensoñador reencuentro del hijo mayor, ya adulto (Sean Penn, con poco papel para hacer gran cosa), con su familia ya fallecida. Opino que funciona mucho mejor la segunda, más emocionante, más accesible, mejor enlazada con la historia y muy a tono con su lirismo extremo, que la primera, cuya arriesgada (o plomiza, escoge lo que prefieras) abstracción inicial se complementa con otras escenas (como la de los dinosaurios, por ejemplo) mucho menos conseguidas. Y, sinceramente, creo, si toda esa mencionada primera escena desapareciese del metraje, no se notaría la diferencia, excepto en el minutaje del film.
La ausencia de un argumento lineal, lo fragmentado de la trama, lo parco (la casi inexistencia, más bien) de los diálogos, el uso de las voces interiores, y los dos momentos mencionados (sobre todo el primero) son suficientes para que algunos (muchos, supongo) espectadores huyan como alma que lleva el diablo. Y al hacerlo, perderán la oportunidad de apreciar la hipnótica belleza de la mayoría de sus escenas, la apabullante y absorbente capacidad narrativa de Malick (esa manera de usar el silencio, sin ir más lejos) y a la interesante contraposición de dos formas de ver la vida que propone: bien expuesta en las diferencias entre padre y madre, y contada de manera realmente sublime.
Está claro que la vocación del director de Malas Tierras, en este caso, no es la de contar una historia a la manera tradicional, sino la de transmitir recuerdos, instantes, fragmentos. Quizá un poco menos de hermetismo por parte de Malick ayudaría a que el film enganchase aún más, porque hay momentos algo fríos (algunas de las escenas iniciales con Sean Penn), o innecesarios (las mencionadas escenas del origen del mundo) en contraposición a otras escenas gloriosas e inolvidables (casi todas las escenas que comparten los dos hermanos, Jack y RL, por ejemplo).
Se le pueden dar muchas vueltas al film. Si fuese una obra escrita, hablaríamos de poesía, no de narrativa, desde luego. Esto es arte en forma de película, y está claro que esa es su vocación. No hay nada malo en ello. Todo lo contrario. Es ambiciosa, impresionista, cuidada, imprevisible, deslumbrantemente hermosa, casi rabiosamente personal; y por ello, a ratos, también resulta autoindulgente, algo pretenciosa y, en algunos momentos, innecesariamente hermética. Pero, desde luego, hay mucho más de bueno que de malo. Mucho más.
Está claro que no es un film para todo el mundo. ¿Merece la pena verla? En mi opinión, desde luego. ¿Está garantizado que te gustará? En absoluto. Pero, si quieres seguridad y certeza de que un film te va a gustar o no (y de que un segundo visionado no te va a aportar nada nuevo), más o menos el 90% (o más) de las películas que puedes encontrar en la cartelera te la puede ofrecer. Y ese es precisamente uno de los grandes valores de El Árbol de la Vida. Cada vez que la veas, le vas a encontrar nuevos detalles, nuevos valores. Si es que te ha parecido lo bastante interesante como para verla dos veces, claro. A mí, desde luego, me lo ha parecido. Quien busque un film convencional, repito, tiene (casi) todos los demás.Se le pueden dar muchas vueltas al film. Si fuese una obra escrita, hablaríamos de poesía, no de narrativa, desde luego. Esto es arte en forma de película, y está claro que esa es su vocación. No hay nada malo en ello. Todo lo contrario. Es ambiciosa, impresionista, cuidada, imprevisible, deslumbrantemente hermosa, casi rabiosamente personal; y por ello, a ratos, también resulta autoindulgente, algo pretenciosa y, en algunos momentos, innecesariamente hermética. Pero, desde luego, hay mucho más de bueno que de malo. Mucho más.
Eso sí, hay que acercarse a ella sin prejuicios, y sabiendo a lo que se va. Es la única manera. Como sucede con otras películas "diferentes", si no te vas a meter en la película desde el principio, desde luego, mejor que no vayas a verla. Perderás el tiempo, y la vida es corta.
En conclusión: no te creerás que he escrito todo esto porque no me ha gustado nada, ¿verdad? Pese a que desde luego echo de menos saber algo más de esta familia O'Brien y algo menos de la historia del mundo, El Árbol de la Vida es, sin ninguna duda, una de las películas más interesantes y sugerentes del año. Te guste más o menos (en mi caso, mucho), o aunque no te guste nada de nada (cosa que sinceramente dudo), no dejarás de darle vueltas, días después de verla…
Yo te animaría a probar, aunque solo sea por curiosidad. Piensa en la próxima película que vayas a ver en el cine... ¿De verdad crees que después de verla, te apetecería verla otra vez?
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